Sin título, ensamblaje sobre papel manteca con soporte prensa de madera, 100 x 75 cm. (2024)
LO MALO BELLO
Abrazar el conflicto es una manera de dar paso a la contradicción. La naturaleza como entidad abstracta solo nos sirve para no darle nombre a la tensión que percibimos cuando un misterio no nos habla. En el paisaje de una playa, las botellas, los paquetes de galletitas, las colillas de cigarrillo, aparecen como parches de tela pegados sobre una postal. Los recortamos visualmente e identificamos que no pertenecen allí. ¿Qué pasa cuando nos entregamos al nudo de “lo feo”?
Fue Pandora la que nos condenó a dejar de percibir el mal como elemento ajeno y empezar a hacerlo propio. Desatar la bestia rampante de las oscuridades del mundo solo dejó la esperanza al fondo de la vasija. El deseo, entonces, deja de ser nuestro punto de llegada y empieza a empujarnos desde la espalda, es la esperanza lo que nos tracciona desde ese fondo que Pandora dejó para el final de su desfile de monstruos y sufrimientos.
En la mitología, es lo femenino lo que desenvuelve la esperanza/deseo y, además, todos los males del mundo. A diferencia del acto de contemplar, como cuando en silencio observamos la postal de esa playa, asumir la contradicción es imbuirse de movimiento. El plástico, a fin de cuentas, es materia trastornada. Pero, sobre todo, es el desafío al tiempo: no es infinito como la naturaleza, es estático pero eterno. Su material inorgánico anula la capacidad de diálogo con el ambiente que lo rodea. Chillón e impermeable, el plástico no entiende de movimientos.
“La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida; una sola las remplaza a todas: el mundo entero puede ser plastificado” anuncia Roland Barthes en Mitologías. Lo que sucede en Lo malo bello es la invitación al movimiento de aquello que parece estático. Las materialidades orgánicas e inorgánicas no se divorcian: dialogan. “El mundo entero” potencial a la plastificación que imagina Barthes, es ese mundo sin jerarquías de las sustancias, el caos de Pandora que avasalla y cambia el orden de las cosas de una vez y para siempre. Pero si la esperanza nos empuja desde el fondo de esa vajilla, lo único con lo que contamos es con la certeza del movimiento.
Juana Garabano
SIN TÍTULO.CELINA CAPOROSSI
Sin título, ensamblaje sobre papel manteca con soporte prensa de madera, 100 x 75 cm. (2024)
LO MALO BELLO
Abrazar el conflicto es una manera de dar paso a la contradicción. La naturaleza como entidad abstracta solo nos sirve para no darle nombre a la tensión que percibimos cuando un misterio no nos habla. En el paisaje de una playa, las botellas, los paquetes de galletitas, las colillas de cigarrillo, aparecen como parches de tela pegados sobre una postal. Los recortamos visualmente e identificamos que no pertenecen allí. ¿Qué pasa cuando nos entregamos al nudo de “lo feo”?
Fue Pandora la que nos condenó a dejar de percibir el mal como elemento ajeno y empezar a hacerlo propio. Desatar la bestia rampante de las oscuridades del mundo solo dejó la esperanza al fondo de la vasija. El deseo, entonces, deja de ser nuestro punto de llegada y empieza a empujarnos desde la espalda, es la esperanza lo que nos tracciona desde ese fondo que Pandora dejó para el final de su desfile de monstruos y sufrimientos.
En la mitología, es lo femenino lo que desenvuelve la esperanza/deseo y, además, todos los males del mundo. A diferencia del acto de contemplar, como cuando en silencio observamos la postal de esa playa, asumir la contradicción es imbuirse de movimiento. El plástico, a fin de cuentas, es materia trastornada. Pero, sobre todo, es el desafío al tiempo: no es infinito como la naturaleza, es estático pero eterno. Su material inorgánico anula la capacidad de diálogo con el ambiente que lo rodea. Chillón e impermeable, el plástico no entiende de movimientos.
“La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida; una sola las remplaza a todas: el mundo entero puede ser plastificado” anuncia Roland Barthes en Mitologías. Lo que sucede en Lo malo bello es la invitación al movimiento de aquello que parece estático. Las materialidades orgánicas e inorgánicas no se divorcian: dialogan. “El mundo entero” potencial a la plastificación que imagina Barthes, es ese mundo sin jerarquías de las sustancias, el caos de Pandora que avasalla y cambia el orden de las cosas de una vez y para siempre. Pero si la esperanza nos empuja desde el fondo de esa vajilla, lo único con lo que contamos es con la certeza del movimiento.
Juana Garabano
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